sábado, 26 de junio de 2010

El último viaje

Sucedió un día que, estando en el andén esperando el tren, vi entre la muchedumbre una mujer de onírica belleza. Quise acercarme a ella, pero cuando me vio echó a correr, mezlcándose entre la multitud, y subiéndose a otro tren.
Sin pensarlo la seguí. No me importaba a dónde me llevara, tenía que alcanzarla. Corrí tras ella hasta el último vagón, y al mirarla a los ojos vi mi muerte, la cual sucedería en ese tren.
Entonces dijo:

-Me deseas, pero ahora que me conoces, ¿querrías elegir tenerme?

Ya no podía. Era mi Destino.

martes, 6 de abril de 2010

Recuerdos.

Entre el caos matinal de la estación, Sandra avanza hacia el andén esquivando a los transeúntes, arrastrando tras de sí su maleta de carro, la cual repiquetea contra el suelo al caminar. Antes de entrar en la vía, vuelve a comprobar que su billete está guardado en su cartera, doblado cuidadosamente en uno de los pequeños compartimentos. Es exquisitamente ordenada, pero a la vez algo despistada, y no le haría ninguna gracia perder el pasaje.

Se sienta en uno de los bancos del andén, dejando a un lado su chaqueta y a sus pies la maleta. Saca de uno de los bolsillos de la chaqueta una libreta de viaje y un bolígrafo, y por encima de sus gafas comienza a escribir y garabatear, haciendo tiempo hasta que llegue el tren. Como se va de viaje una temporada, hace una lista de las cosas que necesitará adquirir en cuanto llegue a su destino, de los lugares que le gustaría visitar, las personas a las que querría ver, y poco a poco traza un pequeño esquema de los días que estará fuera.

Unos minutos más tarde, se encuentra en medio del vagón, en busca de asiento. Ha subido mucha gente con ella, y la mayoría de los sitios están ocupados. Sigue avanzando, y al fondo, junto a la ventana, ve un par de asientos enfrentados libres. Prefiere sentarse en el que va de frente con respecto a la dirección que lleva el tren, ya que si se sienta en el que va de espaldas, podría marearse. Pero en el momento en que va a sentarse se da cuenta de que hay en él una bufanda de colores y un gorro de lo más peculiar.
Extrañada, Sandra los coge y los examina. Luego mira alrededor, intentando descubrir al posible dueño, pero no parece que esté por allí, de modo que opta por dejarlos en el estante para equipaje que hay encima de los asientos.

-Perdona, eso es mío.

Sandra se da la vuelta rápidamente, con un "lo siento" entre los dientes que no llega a salir de su boca. Una niña extiende las manos hacia ella, pidiendo que sus cosas le sean devueltas. Tiene una sonrisa inocente y cara dulce, y sus ojos reflejan curiosidad, inteligencia y perspicacia.
Finalmente, a Sandra le salen las palabras.

-Oh... perdona, estaban ahí y pensé que se los había dejado alguien...
-Es que necesitaba ir al baño.
-Claro. Perdona, te he quitado el sitio, es que en el otro lado me mareo.
-Tranquila, puedes quedarte, yo no me mareo -y dicho esto se sentó en frente de ella.
-Gracias -dejó la maleta sobre el estante y se sentó.

Durante un rato permanecieron en silencio. Sandra hacía como que miraba la ventana, pero en realidad sus ojos se desviaban a la niña, que la observaba con interés a ella y a su maleta. No es que la molestara, pero le parecía una situación extraña.
De repente, el tren frenó bruscamente, y la maleta cayó al suelo del vagón, abriéndose y desperdigando su contenido. Por suerte, Sandra y la niña se apartaron a tiempo, y tras unos segundos de palidez, pegadas a la ventana, Sandra volvió a pedir disculpas y ambas se agacharon a recoger.

Mientras recogía, la niña no pudo evitar fijarse en los objetos que guardaba la maleta de Sandra: además de lo típico que se encuentra en una maleta (ropa, un neceser, calzado de repuesto) había varios objetos que llamaron su atención, como sobres de cartas anudados por un cordel, fotografías sueltas, dibujos, etc.

-Qué curioso equipaje, si no es indiscreción.
-No te preocupes, no lo es.
-¿Por qué llevas todas estas cosas contigo?
-Son mis recuerdos.
-¿Recuerdos? ¿Para qué llevas recuerdos contigo?
-Los recuerdos son nuestro pasado, y el pasado es parte de nuestra vida. Por eso los llevo conmigo, son parte de lo que soy ahora -entonces, Sandra se da cuenta de que la niña no lleva ningún equipaje ni bolso consigo- ¿Puedo preguntarte a dónde te diriges? No llevas nada contigo.

-Llevo una cámara de fotos en el bolsillo.
-¿Nada más? ¿A dónde vas?
-No lo sé. Sólo te puedo decir a dónde he ido, enseñándote las fotos.
Sandra se queda un momento callada, observando a la niña. Cada vez le parece más curiosa, y desde luego, menos infantil de lo que parece.
-¿Y tus padres, tu casa? ¿Cuando vas a volver?
-¿Volver a dónde?
-¡Por Dios! De donde vienes.
-Es que yo no vuevlo, solo voy. No llevo el pasado conmigo, como tú.
-¿Y las fotos?
-Oh, las guardo algún tiempo, pero las acabo dando. A la gente les gusta. A veces las presento en concursos y me dan algún dinero por ellas.
Otro pequeño silencio.
-Eres una chica muy especial para tu edad... ¿cuántos años tienes?
-¿Cómo te llamas? -la niña no responde a la pregunta de Sandra, como si no la hubiese formulado. Sandra se lo toma como que no quiere responder.
-Me llamo Sandra, ¿y tú?
-Helena.
-Estoy encantada de viajar contigo, Helena.
-¿Puedo pedirte una cosa?
-Dime.
-Me gustaría tener un recuerdo que conservar.
-Claro. ¿Nos sacamos una foto con tu cámara?
-No. Una foto solo refleja tu aspecto. Me gustaría un recuerdo que tuviese una esencia.
Por un momento, Sandra no sabe qué contestar. Pero después de un rato le brillan los ojos y le pide a Helena que se quede quieta un momento, mientras saca lápiz y papel. En unos minutos, hace un dibujo rápido de Helena, y se lo entrega.
-Es solo un boceto, pero cuando me enseñaron a dibujar me dijeron que es en los bocetos donde se capta la esencia de lo que queremos dibujar. Así, además de un recuerdo, conservarás tu esencia, a pesar de que no vuelvas al pasado.
Los ojos de Helena se abrieron muchísimo, y una sonrisa cruzó sus labios. Le dio las gracias a Sandra. Disfrutaron mutuamente de su compañía durante todo el viaje.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Querido diario

Ayer me sucedió algo curioso. Estaba en el tren (como de costumbre, supongo), en un vagón en el que apenas había gente. Al subir, me senté en uno de los bancos de cuatro asientos enfrentados, todos ellos vacíos, porque algo tenemos los seres humanos que el hecho de sentarnos junto a un desconocido nos provoca una tremenda repulsión.

Me senté junto a la ventana, como siempre, con el sol dándome de lleno en la cara. Me relajé y entorné los ojos, apoyando la cabeza en el asiento. Pasadas un par de paradas, y cuando la modorra ya se estaba apoderando de mí, una voz femenina irrumpió en el silencio.

-Buenos días, ¿te importa que nos sentemos?

Me volví y vi en el pasillo del vagón a una pareja de unos sesenta años. Él llevaba un abrigo verde, una boina ceñida a la cabeza y un elegante bastón que debía de usar solo por gusto, pues parecía tenerse bien en pie, sin ningún problema de espalda o fatiga; ella, una mujer de pelo negro cano y ojos cobrizos ligeramente rasgados, llevaba un abrigo largo marrón, con guantes a juego, los labios color carmín en una amplia sonrisa.
Les dije que sí, claro que podían sentarse. Bueno, más bien asentí, aún estaba con la cabeza en otra parte.
Se sentaron los dos en frente de mí, agradeciendo calor del sol colándose por la ventana.

-¡Qué bien se está! -dijo ella- con el frío que hace fuera.

Había vuelto a mirar por la ventana, pero al ver que nadie respondía a su comentario, la miré y vi que ella me estaba mirando a mí. De modo que me estaba hablando.

-Eh... sí -contesté rápidamente- parece que el invierno no quiere irse.

Ella se rió, y su risa resultaba tan agradable como la calidez que nos envolvía.
Se pusieron a hablar entre ellos, quitándose el abrigo. La mujer le decía a su marido que debía haberse llevado bufanda, porque todavía no se le había pasado el constipado. Él replicó, pero de poco pudo haber servido, pues tosía entre palabra y palabra. Chasqueando la lengua, la mujer sacó unos caramelos de su bolso, le dio uno y luego alargó el brazo hacia mí.

-¿Quieres uno? Son de miel y limón, están buenísimos.

Durante una fracción de segundo debí poner una cara estúpida, me sorprendía la amabilidad de la señora, como si no fuese el completo desconocido que era.
Acepté de buena gana, con una sonrisa y un "muchas gracias". Al meterme el caramelo en la boca, se me escapó un bostezo. Ahora fue el marido quien habló:

-Qué cara de sueño ¿eh? ¿has madrugado mucho?
-Un poco, sí. Las clases, que no podían empezar un poco más tarde...
-¿Estás en Formación Profesional?
-No, en la Universidad.
-La Universidad -suspiró ella- eso ya nos suena tan lejano a nosotros... ¿Y qué estudias?

Así continuó la conversación, hasta que llegamos a su parada y tuvieron que bajarse.
El silencio volvió al vagón del tren, pero a diferencia de antes, ahora notaba el vacío que había en él. Durante tan solo unos minutos, había charlado con una pareja de desconocidos a los que no había visto nunca, y quién sabe si volvería a verlos. Y sin embargo, charlamos como si fuésemos viejos amigos, entre sonrisas y confianza.
Fue divertido, habría que probarlo más veces.

martes, 2 de febrero de 2010

Un regalo




Se abre la puerta del tren, montan una mujer y un niño pequeño, el cual porta una jaula vacía. Tiene los ojos rojos de haber llorado, y anda arrastrando los pies. A pesar de todos los intentos de consuelo de su madre, no consigue animarle.

Se sientan en los primeros asientos que ven. La madre le pregunta si quiere sentarse junto a la ventana, pero el chico no responde, mira únicamente su jaula vacía. La expresión de la madre se vuelve también triste, y le acaricia al niño la cabeza sin decir nada más.

Al otro lado del pasillo del vagón, una pasajera despierta tras una pequeña siesta he se ha echado, apoyando la cabeza en el cristal de la ventana y cubriéndose los ojos con su gorro. No se preocupa en comprobar si se ha pasado de parada, pues esta curiosa viajera no se preocupa ni de llevar los calcetines del mismo color bajo sus botas. Se frota los ojos para ver mejor, pestañea, y mira a su alrededor. A ella le encanta observar todo cuanto la rodea. Su mirada cae en el niño de la jaula. Está triste, muy triste. Se levanta, se para en el pasillo y se agacha a la altura del niño, y le pregunta a la madre:

-¿Qué le pasa? Un niño tan guapo no debería tener esa carita.

-Su loro ha fallecido. Le hemos llevado al veterinario, por si podían hacer algo por él, pero ya estaba muy viejo y solo cabía esperar lo inevitable.

La chica asintió en silencio, comprendiendo. Volvió a mirar al niño, que seguía callado como una tumba mirando su jaula vacía.

-¿Cómo te llamas? –le preguntó.

Él no contestó al principio, pero su madre le llamó la atención, diciéndole que estaba muy feo ignorar cuando te hacen una pregunta.

-Me llamo Javi.

-Siento lo de tu loro, Javi.

El chico suspiró. Sus ojos empezaban a brillar de nuevo, prestos a llorar.

-Oye Javi, ¿tú sabes a dónde van nuestros seres queridos cuando nos dejan?

-Pues… -no contestó enseguida- al cielo, creo.

-Exacto –respondió la chica- al cielo –hizo un gesto con la mano hacia la ventana, a través de la cual se veía un cielo azul precioso, salpicado de nubes- ¿Y sabes en qué se transforman cuando van al cielo?

-¿En ángeles?

-Algo así. ¿Y sabes dónde viven?

-En las nubes.

-¡Muy bien!

Tras decir esto, sacó del bolsillo de su abrigo una cámara de fotos, de esas antiguas que revelan la foto en el instante en un trozo de papel.

-Déjame tu jaula un momento, Javi.

Javi le tendió la jaula. La chica la cogió, la levantó en el aire con una mano, moviéndola de sitio hasta dejarla en un lugar exacto. Le pidió a la madre que la sostuviese un momento donde estaba, y entonces le sacó una fotografía a la jaula. Ni Javi ni su madre entendían nada, pero cuando la chica sacó la fotografía revelada, vieron que en el interior de la jaula había una nube blanca y esponjosa.

-Fíjate bien en la nube, Javi.

Al observar detenidamente la nube, y con un poco de ayuda de la imaginación, se podía adivinar la forma de un ave volando, como la típica “V” alargada que hacen los niños.

Javi sonrió de repente, una sonrisa que fue creciendo hasta ocupar toda la cara.

-¡Mamá, el loro ha vuelto!

La madre también sonrió, asintiendo y besando a su hijo, feliz de verle contento de nuevo.

La voz del maquinista anunció una nueva parada, y madre e hijo bajaron automáticamente.

Cuando la madre se dio cuenta de que no le había dado las gracias a la chica, ya se habían cerrado las puertas y el tren arrancaba. Alcanzó a verla por última vez, sentada en el lugar que había ocupado antes Javi, con los pies apoyados en el asiento de enfrente y los ojos de nuevo tapados por su gorro.

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PD: La nube de la foto no tiene la forma de V, pero se entiende. Es de Chema Madoz, un artista que no dejo de recomendar, sus trabajos son increíblemente bellos.

lunes, 4 de enero de 2010

Invierno en la estación

En una estación cualquiera, de una cuidad como otra cualquiera, un chaval cualquiera espera el tren. Sentado en un banco, con un libro entre las manos que no lee, y la mirada volando de un lado a otro por la marea de gente. Desde donde está solo alcanza a ver piernas que caminan sin detenerse, zapatos que taconean, sombras que pasan fugazmente. Es como una piedrecita en el lecho de un río.


Por megafonía anuncian la llegada de un tren. No es el que tiene que coger, el suyo todavía tardará un poco en llegar. Se levanta, coge su abrigo y su mochila, guarda su libro y echa a andar por el andén. Sube unas escaleras mecánicas, que conducen a un puente en el que se unen todos los andenes, se apoya en la barandilla y observa.
El tren anunciado acaba de llegar, se abren las puertas, y como sardinas en lata salen los pasajeros. Una mujer cargada con bolsas de la compra que pesan demasiado para ella. Un hombre de traje negro y maletín en mano, que pasa a su lado sin detenerse a ayudarla, porque está demasiado ocupado atendiendo su teléfono móvil. Dos chicas rubias, altas y extranjeras, que arrastran sus maletas de carro mientras buscan en un mapa la dirección que deben tomar. El vagabundo que pide limosna en los vagones para comer, encendiéndose un cigarro. Un niño vestido de uniforme, que se sienta en el banco a esperar su tren, mientras se come un bocadillo con la mirada en el suelo. Varios jóvenes con carpetas y libros de la universidad, caminando con aire ajeno y despreocupado y el mp3 en sus oídos.
La estación está llena de vida a rebosar, y sin embargo, si no fuese por todo el ruido, es como si no hubiese nadie. Cada uno camina en su dirección, sin detenerse. Se esquivan hábilmente unos a otros, sin mirarse a la cara. Parecen polos positivos de un imán, repeliendo el contacto unos con otros.

Poco después, la voz de megafonía vuelve a anunciar un tren. Esta vez sí es el del chaval. Baja las escaleras mecánicas y se mezcla entre la muchedumbre, que se va a apartando a su paso sin darse cuenta siquiera de que está ahí.
El chico se coloca en el andén, frotándose las manos para calentárselas. Es invierno, y hace frío en la estación.
El tren llega, abre sus puertas, salen los pasajeros y entra el chaval junto a otros tantos. Encuentra asiento entre una mujer y un hombre que leen sendos periódicos, y al sentarse él, sus cuerpos se separan automáticamente para evitar el contacto.

El tren arranca. Hace frío, demasiado para ser invierno.


sábado, 2 de enero de 2010

Gotitas de agua, grandezas de la Naturaleza

A fuera llueve, y las gotas de agua salpican y repiquetean contra la ventana del tren.

¿Alguna vez os habéis fijado en las gotas de lluvia? Son de lo más curiosas. Parece una tontería, pero solo hace falta prestar un poco de atención para darnos cuenta. Al principio todas nos parecen iguales, transparentes, frías, pequeñas… pero quédate tan solo un minuto mirándolas, y descubrirás que no hay ni una sola gota que se parezca a otra. Cada una tiene una forma, un tamaño, una historia. Entonces, ¿qué sentido tiene la frase “como dos gotas de agua” si ni siquiera ellas son iguales? Tal vez sea porque, a pesar de que no sean idénticas, tampoco son muy diferentes.

Parecen piezas de un puzle desperdigadas por el cristal. Algunas acaban por juntarse, como si fuesen la otra pieza que encaja a la perfección. Hay gotas que nacen para unirse a otras, y gotas que, aunque no se parezcan en nada entre sí, también se acaban uniendo. Y cuando varias gotas se unen, ocurre algo sorprendente: de su peso, se abren paso a través de todo el cristal de la ventana, dejando un rastro tras de sí, un caminito entre la gran concentración de gotas. Llegan hasta a arrastrar a otras gotas consigo. ¿No os parece increíble que algo tan pequeñito llegue a hacer tales cosas al juntarse? Solo es increíble si lo pensáis, advierto. Solo algo tan fuerte como la unión hace la fuerza, sobre todo entre miembros con tan diferentes entre sí como las gotas de agua. Una no puede hacer nada, además de estar quieta en el cristal, mirando pasivamente al resto de gotas; dos hacen una gota más grande, más fuerte, pero sigue estando quieta en el cristal; cinco gotas empiezan a moverse, aunque sea en la dirección que el viento o la gravedad estimen. Un millón de gotas, sin embargo, generan un caudal, y se mueven a placer. Forman ríos, lagos, charcas, mares, y pueden modificar la superficie en la que se encuentran, creando cauces, depresiones, cuencas, valles…

Y todo esto empieza con las pequeñas gotitas de lluvia, que decidieron unirse para crear algo grande: vida. Es un proceso lento y costoso, pero que con tiempo y paciencia hace grandezas.

Ojalá nos fijásemos más en las gotas de agua. Podríamos aprender tanto de ellas…