martes, 6 de abril de 2010

Recuerdos.

Entre el caos matinal de la estación, Sandra avanza hacia el andén esquivando a los transeúntes, arrastrando tras de sí su maleta de carro, la cual repiquetea contra el suelo al caminar. Antes de entrar en la vía, vuelve a comprobar que su billete está guardado en su cartera, doblado cuidadosamente en uno de los pequeños compartimentos. Es exquisitamente ordenada, pero a la vez algo despistada, y no le haría ninguna gracia perder el pasaje.

Se sienta en uno de los bancos del andén, dejando a un lado su chaqueta y a sus pies la maleta. Saca de uno de los bolsillos de la chaqueta una libreta de viaje y un bolígrafo, y por encima de sus gafas comienza a escribir y garabatear, haciendo tiempo hasta que llegue el tren. Como se va de viaje una temporada, hace una lista de las cosas que necesitará adquirir en cuanto llegue a su destino, de los lugares que le gustaría visitar, las personas a las que querría ver, y poco a poco traza un pequeño esquema de los días que estará fuera.

Unos minutos más tarde, se encuentra en medio del vagón, en busca de asiento. Ha subido mucha gente con ella, y la mayoría de los sitios están ocupados. Sigue avanzando, y al fondo, junto a la ventana, ve un par de asientos enfrentados libres. Prefiere sentarse en el que va de frente con respecto a la dirección que lleva el tren, ya que si se sienta en el que va de espaldas, podría marearse. Pero en el momento en que va a sentarse se da cuenta de que hay en él una bufanda de colores y un gorro de lo más peculiar.
Extrañada, Sandra los coge y los examina. Luego mira alrededor, intentando descubrir al posible dueño, pero no parece que esté por allí, de modo que opta por dejarlos en el estante para equipaje que hay encima de los asientos.

-Perdona, eso es mío.

Sandra se da la vuelta rápidamente, con un "lo siento" entre los dientes que no llega a salir de su boca. Una niña extiende las manos hacia ella, pidiendo que sus cosas le sean devueltas. Tiene una sonrisa inocente y cara dulce, y sus ojos reflejan curiosidad, inteligencia y perspicacia.
Finalmente, a Sandra le salen las palabras.

-Oh... perdona, estaban ahí y pensé que se los había dejado alguien...
-Es que necesitaba ir al baño.
-Claro. Perdona, te he quitado el sitio, es que en el otro lado me mareo.
-Tranquila, puedes quedarte, yo no me mareo -y dicho esto se sentó en frente de ella.
-Gracias -dejó la maleta sobre el estante y se sentó.

Durante un rato permanecieron en silencio. Sandra hacía como que miraba la ventana, pero en realidad sus ojos se desviaban a la niña, que la observaba con interés a ella y a su maleta. No es que la molestara, pero le parecía una situación extraña.
De repente, el tren frenó bruscamente, y la maleta cayó al suelo del vagón, abriéndose y desperdigando su contenido. Por suerte, Sandra y la niña se apartaron a tiempo, y tras unos segundos de palidez, pegadas a la ventana, Sandra volvió a pedir disculpas y ambas se agacharon a recoger.

Mientras recogía, la niña no pudo evitar fijarse en los objetos que guardaba la maleta de Sandra: además de lo típico que se encuentra en una maleta (ropa, un neceser, calzado de repuesto) había varios objetos que llamaron su atención, como sobres de cartas anudados por un cordel, fotografías sueltas, dibujos, etc.

-Qué curioso equipaje, si no es indiscreción.
-No te preocupes, no lo es.
-¿Por qué llevas todas estas cosas contigo?
-Son mis recuerdos.
-¿Recuerdos? ¿Para qué llevas recuerdos contigo?
-Los recuerdos son nuestro pasado, y el pasado es parte de nuestra vida. Por eso los llevo conmigo, son parte de lo que soy ahora -entonces, Sandra se da cuenta de que la niña no lleva ningún equipaje ni bolso consigo- ¿Puedo preguntarte a dónde te diriges? No llevas nada contigo.

-Llevo una cámara de fotos en el bolsillo.
-¿Nada más? ¿A dónde vas?
-No lo sé. Sólo te puedo decir a dónde he ido, enseñándote las fotos.
Sandra se queda un momento callada, observando a la niña. Cada vez le parece más curiosa, y desde luego, menos infantil de lo que parece.
-¿Y tus padres, tu casa? ¿Cuando vas a volver?
-¿Volver a dónde?
-¡Por Dios! De donde vienes.
-Es que yo no vuevlo, solo voy. No llevo el pasado conmigo, como tú.
-¿Y las fotos?
-Oh, las guardo algún tiempo, pero las acabo dando. A la gente les gusta. A veces las presento en concursos y me dan algún dinero por ellas.
Otro pequeño silencio.
-Eres una chica muy especial para tu edad... ¿cuántos años tienes?
-¿Cómo te llamas? -la niña no responde a la pregunta de Sandra, como si no la hubiese formulado. Sandra se lo toma como que no quiere responder.
-Me llamo Sandra, ¿y tú?
-Helena.
-Estoy encantada de viajar contigo, Helena.
-¿Puedo pedirte una cosa?
-Dime.
-Me gustaría tener un recuerdo que conservar.
-Claro. ¿Nos sacamos una foto con tu cámara?
-No. Una foto solo refleja tu aspecto. Me gustaría un recuerdo que tuviese una esencia.
Por un momento, Sandra no sabe qué contestar. Pero después de un rato le brillan los ojos y le pide a Helena que se quede quieta un momento, mientras saca lápiz y papel. En unos minutos, hace un dibujo rápido de Helena, y se lo entrega.
-Es solo un boceto, pero cuando me enseñaron a dibujar me dijeron que es en los bocetos donde se capta la esencia de lo que queremos dibujar. Así, además de un recuerdo, conservarás tu esencia, a pesar de que no vuelvas al pasado.
Los ojos de Helena se abrieron muchísimo, y una sonrisa cruzó sus labios. Le dio las gracias a Sandra. Disfrutaron mutuamente de su compañía durante todo el viaje.